La historia de vida del Capitán Español Federico Capdevilla, quedó para siempre en el corazón de los Cubanos por la valiente actitud asumida ante la defensa de los 45 inocentes Estudiantes de primer año de Medicina en la Habana, Cuba, acusados de profanar la tumba de Gonzalo Castañón, periodista, abogado, propietario del periódico La Voz de Cuba y funcionario del gobierno español, ocho de ellos fusilados el 27 de Noviembre del 1871, defensa, justa y digna, hecha por Capdevila a los estudiantes, además de negarse a firmar la sentencia, provocó la reacción airada de los voluntarios, no solo en el transcurso del Consejo de Guerra, sino durante todo el tiempo posterior, que incluso perduró más allá de la guerra y que lo llevaría a prision años más tarde donde contrajo la tuberculosis, enfermedad que le causó la muerte en el Caney Santiaguero, aunque y vale destacar la mención que hace en febrero de 1941, en uno de los números del Boletín Acción Ciudadana, el Coronel de Ejército Libertador, Federico Pérez Carbó, sobre la casa donde murió Federico Capdevila Miñano, después de arriada para siempre la bandera de oro y gualda en América, situada en las cercanías de la Parroquia de Dolores.
Y quizás lo que muchos no conocen es que el honorable Capitán Español Capdevilla, retirado del ejército en el año 1889 con tan solo 44 años de edad, vivió en Santiago de Cuba, en la primera o segunda casa, en los tiempos en que a la altura del Museo Bacardí y el actual Palacio de Gobierno la calle estaba interrumpida por el antiguo Cuartel de San Francisco, en la actual calle Aguilera entre Calvario y Carniceria. (la actual localización del edificio de ETECSA).

El Capitán Federico Capdevilla y Miñano,
nació en 1845, en Valencia, España, y siguiendo una tradición familiar (su padre Medardo Capdevila, era militar) a los 17 años se gradúa en el Colegio de Infantería de la Reina, con el grado de subteniente. Seis años después, coincidiendo con el inicio de la guerra de los Dies años, declarada por Carlos Manuel de Céspedes con el Grito de Yara, en la noche del 9 al 10 de octubre de 1868, en la finca La Demajagua, Manzanillo, es enviado por la corona a la Isla a cumplir misiones como militar.
A su llegada a Cuba, Capdevilla se radicó en Holguín, en esa época era la zona que se establecía para el período de adaptación de los militares recién llegados, por su clima benigno y sus condiciones geográficas, las tropas eran trasladadas a esta región tan pronto como arribaban. En Holguín tambien vivía su hermano, el doctor en medicina Manuel Capdevila Torres, casado desde 1858 con la holguinera María del Carmen Ochoa y Aguilera.
En el propio año 1869 es nombrado Juez Pedaneo interino del Partido de Yareyal (magistrado que solamente tomaba parte en las causas leves, no tenía tribunal y actuaba de pie), cargo que desempeña entre octubre y diciembre en que pasa a ocuparlo el Capitán Agustín Fibla.
En el Partido de Yareyal, situado al noroeste de la ciudad, se encontraban los cuartones del Centro, Dehesa, Cabezuela, Güirabo y Pedernales. Y, pese a que allí no existía un poblado o gran caserío, tenía gran importancia para la jurisdicción, en especial para la ciudad por su cercanía y radicar allí buenas fincas y trapiches. Contaba con una considerable población que ascendía a 2 mil 314 habitantes, de los cuales 81 eran esclavos y 281 negros o mestizos libres.
Federico Capdevila estuvo poco tiempo en Holguín, en 1871 se traslada La Habana y allí esperaba el cambio de plaza, dispuesto por el coronel Blas Villate, Conde de Valmaceda, jefe de las tropas que operaban en Oriente.

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El Capitán Federico Capdevilla y Miñano.

Por destinos que tiene la vida El Capitan Capdevilla se encontraba en la Habana esperando la reasignación de su plaza militar, como les decía anteriormente, cuando ocurren los sucesos donde son acusados 45 estudiantes del primer año de medicina de profanar la tumba de Gonzalo Castañón, periodista, abogado y propietario del periódico La Voz de Cuba y funcionario del gobierno español.

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Gonzalo Castañón Escaro, periodista, abogado y propietario del periódico La Voz de Cuba y funcionario del gobierno español.

Pero quisiera antes ponerles en contexto algunos aspectos que mucho tuvieron que ver con la acusación y el Fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, uno de los eventos más trágicos ocurridos en Cuba durante la Guerra de los Diez Años (Guerra del 68 o Guerra Grande en el periodo comprendido entre el 1868 y el 1878, también conocida en España como Guerra de Cuba, esta fue la primera de las tres guerras cubanas de independencia contra las fuerzas coloniales españolas. La guerra comenzó con el Grito de Yara, en la noche del 9 al 10 de octubre de 1868, en la finca La Demajagua, en Manzanillo, cuando Carlos Manuel de Céspedes pronuncia el comienzo de la Guerra y la libertad de sus esclavos), y para el cual Capdevilla es designado defensor de oficio en el Consejo de Guerra que se les hiciera a los estudiantes.
Primeramente contarles quien fue en vida el Sr. Gonzalo Castañón Escaro y las circunstancias de su muerte en Cayo Hueso, cuya alegada profanación de su tumba sería la causa fundamental del fusilamiento de los estudiantes de Medicina, hecho que con vehemencia trataría de impedir Capdevilla con su defensa.
Gonzalo Castañón nació en el seno de una familia medianamente acomodada.
Estudió leyes en la Universidad de Oviedo, graduándose como abogado en 1859, desde su etapa de estudiante comenzó a escribir en varios periódicos y revistas, y se destacó por sus ideas tradicionalistas. Siendo estudiante fundó en la Universidad la revista “La Tradición”, en la que predominaban los trabajos de carácter literario, histórico y folclórico.
Concluidos los estudios de leyes, el periodismo puede en él más que el derecho penal, por lo que marcha a Madrid en 1860, y se convierte en redactor de “El Día” y director de “Crónica de Ambos Mundos”.
En 1866 obtiene un cargo en el Gobierno de Cuba, con residencia en La Habana, por lo que se traslada a la isla caribeña. Desarrolló su carrera de funcionario como secretario del gobierno en Puerto Príncipe (actual Camagüey), y luego en La Habana como Jefe de sección del Banco Español de Cuba y consejero de Instrucción Pública, sin dejar por ello de colaborar con diversas publicaciones españolas.
Gonzalo Castañón prontamente asume como suyos los problemas de España para gobernar a los cubanos, y siendo apasionado como era tomó partido, metiéndose en polémicas políticas y defendiendo posiciones radicalmente españolistas, que le acarrearon la enemistad de los separatistas e insurrectos.
En 1869 fundó el periódico La Voz de Cuba, desde cuyas páginas combatía a los independentistas cubanos que en octubre del año anterior habían dado inicio con el Grito de Yara, a la lucha por la definitiva independencia de Cuba del colonialismo español.
Los cubanos refugiados en Cayo Hueso no escatimaban esfuerzos en apoyo a la Revolución y, hasta donde les era posible, seguían día a día el desarrollo de la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes. Las autoridades coloniales veían con ojeriza lo que sucedía en el islote y vigilaban de cerca las actividades de los emigrados.

En 1870, prácticamente en los comienzos de la Guerra Grande, Juan María (Nito) Reyes, fundó en Cayo Hueso el periódico El Republicano. Nito era uno de los miembros más activos de la comunidad cubana, abierto a todo empeño de cultura y reputado lector de tabaquería, ocupación de prestigio y bien pagada.
Castañón hacía pública su virulencia contra los patriotas criollos establecidos en el cayo y dedicó muchas páginas de su periódico a flagelarlos con el propósito de exacerbar los ánimos de los periodistas cubanos exiliados allí y llevarlos a la confrontación, terreno que había ido abonando a su favor contando con la solidaridad y el apoyo de los españoles más retrógrados y reaccionarios. La polémica llegó al climax cuando tildó de prostitutas a las mujeres de los emigrados.
Nito Reyes, en “El Republicano”, dio una respuesta enérgica y viril al periodista español, quien tan pronto tuvo la respuesta en sus manos, hizo publicar, el 21 de enero de 1870, una carta en la que demandaba explicaciones al director de El Republicano, y lo retaba a duelo, los cuales estaban prohibidos. Nito Reyes, alegó que no podía volver a Cuba, dada su condición de exilado político, e invitó a Castañón a que fuera él a tierra norteamericana. Castañón aceptó y el 28 de enero partió hacia el cayo con un par de amigos, un médico y dos criados. El 29, Castañón y sus acompañantes se hospedaron en el Hotel Russell House, a cuyo frente vivía y tenía sus oficinas de “El Republicano”, Nito Reyes y comenzaron la provocación. Bien sabía el español que el duelo estaba prohibido en el cayo y esperaba que sus acciones pudieran llevar a los exiliados a un proceso judicial.

Castañón supo quién era Reyes. A través de sus amigos, propuso una entrevista al cubano, apenas iniciada la entrevista, Castañón sacó del bolsillo un número de “El Republicano” y le preguntó si había escrito el artículo que le señalaba. Reyes contestó afirmativamente. Entonces su interlocutor, colérico, le estrujó el papel en la cara y lo abofeteó. Reyes, ante la agresión inesperada, salió a la calle. Gritó: “Cubanos, han ofendido a Cuba”. De inmediato recibió Castañón varios retos a duelo, entre estos el de José Botello, oficial del Ejército Libertador. Castañón dio largas al asunto y discutió uno por uno los lances a los que lo habían retado, incluido el de Mateo Orozco, un virtuoso patriota que se ganaba la vida como vendedor de pan en Cayo Hueso. Jugaba Castañón dos cartas a la vez. Discutía los posibles lances y no le importaba seguirlos discutiendo porque tenía lista ya la retirada. Aceptó por fin un duelo irregular con Mateo Orozco. A las 11 de la mañana del 31 de enero de 1870 Orozco increpó al español y Castañón lo empuja, entonces el cubano como respuesta, le propina unas bofetadas, Castañón corre hacia el interior del hotel a fin de ocultarse tras la escalera central y disparar desde allí sobre su adversario. Orozco también dispara desde la puerta y acierta dos veces, una de estas en la ingle de su rival, a los pocos minutos falleció. Se dice que Castañón gritó antes de morir: “¡Viva España con honra!”.

El cadáver de Castañón fue llevado a La Habana e inhumado con honores militares en el antiguo Cementerio de Espada, en uso desde 1806 hasta 1878, el Cementerio de Espada fue el primer lugar de entierro diseñado formalmente y construido en la región de la Habana, antes de la construcción de cementerios, la costumbre en la Habana había sido la de enterrar a los muertos en las bóvedas de las iglesias, fue llamado así en honor del obispo titular en el momento de su diseño, José Díaz de Espada y Landa. Sus límites incluyeron las actuales calles de San Lázaro, vapor, Espada y Aramburu. A pesar de ser oficialmente llamado Campo Santo, la población en general de La Habana se refiere normalmente al cementerio como el cementerio de Espada.

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Uno de los muros del desaparecido Cementerio de Espada en la Habana, Cuba.
La supuesta profanación de uno de estos nichos en el desaparecido cementerio de Espada fue la causa de tan horrendo crimen.

Los voluntarios de La Habana, en lugar de un héroe, recibieron un cuerpo embutido en un ataúd de hielo.El entierro fue un acontecimiento. Los voluntarios siguieron al féretro hasta el cementerio. En la puerta de la necrópolis, el poeta Francisco de Campodrón recitó una composición en homenaje al difunto.
La muerte de Gonzalo Castañon fue un duro revés provocado por los exiliados cubanos en Cayo Hueso, Florida,EU. al gobierno colonial Español que regía en Cuba, la revancha estuvo marcada desde aquel momento, a finales del siguiente año, los voluntarios cubanos al servicio del gobierno español, acusaron injustamente a los estudiantes del primer curso de Medicina de la Universidad de La Habana de haber profanado la tumba de Gonzalo Castañón Escaro, lo cual condujo al abominable hecho con el que el gobierno de España en la isla quiso dar un escarmiento ejemplar ante el desarrollo de la lucha insurreccional y ejecutó el crimen que con un inconcebible proceso judicial llevó al fusilamiento a ocho jóvenes inocentes el 27 de noviembre de 1871.

A continuación los sucesos y el juicio final y la defensa del Capitán Capdevilla.
Era la tarde del viernes 24 de noviembre de 1871, y los alumnos del primer curso de Medicina esperaban en el Anfiteatro Anatómico la llegada de su profesor, doctor Pablo Valencia y García, quien a las 3:00 p. m. debía impartir una clase de Anatomía. El anfiteatro estaba ubicado en lo que hoy es la calle San Lázaro entre Aramburu y Hospital, muy próximo al cementerio de Espada que en aquella época no se había aún clausurado.
Al enterarse los estudiantes de que demoraría la llegada del profesor, por un examen que tenía en el edificio de la Universidad, situado entonces en la calle O’Reilly esquina a San Ignacio, se dispusieron varios a asistir a las prácticas de disección que explicaba el doctor Domingo Fernández Cubas. Algunos entraron en el cementerio y recorrieron sus patios, pues la entrada no estaba prohibida para nadie.
Otros, al salir del anfiteatro, vieron el vehículo donde habían conducido cadáveres destinados a la sala de disección, montaron en él y pasearon por la plaza que se encontraba delante del cementerio.
Los nombres de estos últimos eran Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, José de Marcos y Juan Pascual Rodríguez. Por otra parte, un joven estudiante de 16 años llamado Alonso Álvarez de la Campa, tomó una flor que estaba delante de las oficinas del cementerio.
El vigilante del cementerio nombrado Vicente Cobas, mortificado porque aquel grupo de jóvenes “había descompuesto sus siembras”, hizo una falsa delación al gobernador político Dionisio López Roberts, el cual dijo que los estudiantes habían rayado el cristal que cubría el nicho donde reposaban los restos de Gonzalo Castañón. Esa declaración de Cobas, cuyas funestas y terribles consecuencias ni él mismo previó, fueron motivo para que el gobernador fraguara con increíble prontitud un plan para elevar su “prestigio” ante sus superiores.

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Quedaron atrás los esfuerzos valerosos del capellán del cementerio presbítero Rodríguez que una y otra vez reiteraba con fuerza a Lopez Roberts que “esas rayas, cubiertas por el polvo y la humedad, las había visto hacia mucho tiempo y por lo tanto no podían suponerse hechas en esos días”. Sin embargo, 45 estudiantes fueron arrestados ese mismo día en su aula universitaria. Al día siguiente, bajo las órdenes del Segundo Cabo, General Romualdo Crespo, por encontrarse ausente Balmaseda, los estudiantes fueron procesados en juicio sumarísimo.

El catalán Capitán Federico Capdevila, defensor de los estudiantes, pronuncia su defensa aquel 26 de Noviembre de 1871, »para nunca jamas conformarse con la petición de un caballero fiscal, que ha sido impulsado, impelido a condenar… sin convicción, sin prueba alguna”.
Sentía Capdevila su obligación como español, su deber sagrado como defensor, su honra como caballero y su pundonor como oficial para defender al inocente, y ¡lo son!… ¡lo son mis cuarenta y cinco defendidos!
“…Triste, lamentable y esencialmente repugnante, es el acto de comparecer y elevar mi humilde voz ante este respetable Tribunal, reunido aquí, en esta fidelísima Antilla, por la violencia y por el frenesí de un puñado de revoltosos, pues ni aun de fanáticos puede conceptuárseles. Que hollando la equidad y la justicia, pisoteando el principio de autoridad, abusando de la fuerza, quieren sobreponerse a la sana razón”.
El fallo de ese juicio no fue aceptado por los Voluntarios españoles amotinados frente al edificio de la cárcel donde se celebraba la vista del caso, por lo que, los estudiantes fueron procesados una segunda vez.
A las 12:00 del día 27 todavía deliberaba el segundo Consejo de Guerra sobre el número que se sometería a la pena máxima, de aquellos cuarenta y cinco estudiantes detenidos injustamente, a la 1:00 p.m. se firmó la sentencia para complacer a la muchedumbre de voluntarios y gobernantes sin escrúpulos que avergonzarían el nombre de España en la historia universal. Doce estudiantes fueron condenados a seis años de presidio, dieciocho a cuatro años de prisión y otros cuatro a cuatro meses de presidio.

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Estudiantes cubanos desterrados en 1871. Sentado en el suelo, a la extrema derecha, el doctor Teodoro de la Cerra y Dieppa. Santiago de Compostela, 30 de enero de 1873.

Balmaseda, que había regresado a La Habana, no revocó el fallo, ni lo conmutó por pena inferior. Para escoger a los ocho que habrían de ser fusilados, cifra fijada arbitrariamente, seleccionaron a los cuatro que habían jugado en la plazoleta y a uno que arrancó una flor. El resto fue escogido sacándolos a la suerte entre los 31 condenados al presidio.
Poco antes de las 4 de la tarde los ocho estudiantes sentenciados a morir para complacer a la turba les fue permitido entrar en una capilla permaneciendo allí por unos pocos minutos. Con las manos esposadas y un crucifijo entre ellas los ¡inocentes estudiantes! fueron conducidos hasta la explanada de la Punta: Eladio González, Carlos A. de la Torre, José de Marcos Medina, Pascual Rodríguez y Pérez, Anacleto Bermúdez, Alonso Álvarez de la Campa, Ángel Laborde y Carlos Verdugo, este último de 17 años de edad, natural de Matanzas, quien no se hallaba en La Habana el día de las supuestas profanaciones.

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Tarja que recuerda el lugar donde fueron fusilados los ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de 1871.
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Primera misa celebrada el 27 de noviembre de 1899, ante la pared del Cuartel de Ingenieros que existía al lado del Castillo de la Punta, donde fusilaron a los estudiantes el 27 de noviembre de 1871.

Colocados de dos en dos y de rodillas junto a la pared del edificio del Cuerpo de Ingenieros- el piquete de fusilamiento al mando de Ramón López de Ayala, capitán de voluntarios, ejecutaron a las 4:20 de la tarde a los ocho inocentes estudiantes en tanto la ciudad sobrecogida de espanto escuchaba los estampidos. No cristiana sepultura, no asentamiento parroquial en aquel instante, negación a los familiares el derecho a conocer el lugar donde quedaron ultrajados los cuerpos de los inocentes jóvenes. Habían sido depositados en una sola fosa común, de dos metros de largo por metro y medio de ancho y dos y medio de profundidad, acomodándoles cuatro hacia un lado y los otros cuatro hacia el otro, en sentido opuesto.


La defensa, justa y digna, hecha por Capdevila a los estudiantes, además de negarse a firmar la sentencia, provocó la reacción airada de los voluntarios, no solo en el transcurso del Consejo de Guerra, sino durante todo el tiempo posterior, que incluso perduró más allá de la guerra de los Diez Años. Por tal razón, Capdevila se vio obligado a abandonar La Habana y vuelve a Holguín, algunos historiadores dicen que deportado, otros que con licencia, el holguinero Juan Albanés refiere en la ciudad de Holguín gobernaba militarmente Varela, quien era su concuño. Lo cierto es que vivió en la casa de los Moyúa desde diciembre de 1871 hasta fines de febrero de 1872, junto a su hermano el doctor en medicina Manuel Capdevila.  Durante su estancia en la ciudad es bien acogido por españoles y cubanos, participa en tertulias y es padrino de varias bodas y bautizos.  En 1873, se casa en Sancti Spíritus con Isabel Piña Estrada. Por las constantes amenazas de los voluntarios, el matrimonio se ve obligado a regresar a España. Allí nacen los primeros hijos, Federico, quien muere muy pequeño y Luis, el matrimonio regresa a Cuba en el año 1878 y aquí nacen Concepción, Isabel y Eva.  Capdevila es enviado a una de las fortificaciones que conformaban en Camagüey la Trocha de Júcaro a Morón, donde se encuentra con el General Arsenio Martínez Campo, amigo de su familia, y con quien su padre había estado en la Campaña de África. El General lo asciende a Comandante y aprovechando la ascendencia que tenía Capdevila entre los cubanos, lo utiliza para conocer el estado de opinión de la población. Terminada la Guerra de los Diez Años, Capdevila permanece en Cuba, y en 1882 vuelve a Holguín con el grado de Teniente Coronel y ocupa el cargo de Primer Jefe del Segundo Batallón del Regimiento de Infantería de La Habana No.6, que se encontraba en el Cuartel situado en la calle San Miguel (Maceo y Habana, ocupado hoy por las oficinas de la Central de Trabajadores de Cuba, en la provincia).  En esta ocasión de nuevo vivió Capdevila en la casa de los Moyúa, y como era masón perteneció a la Logia “La Cruz”, No.75, ocupando el cargo de Venerable Maestro, utilizando como nombre de taller el de Valencia, su lugar de nacimiento.  En 1886 es acusado de malos manejos de los fondos del Batallón y sentenciado a tres años de prisión en el Castillo del Morro, en Santiago de Cuba.  Estando preso, en 1887, un grupo de habaneros crearon un Comité para rendirle homenaje, logrando recaudar mil 200 pesos, los cuales Capdevila declinó aceptar y propuso se invirtieran en hacerle un mausoleo a los ocho estudiantes de medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871. Entonces, el grupo le entregó una espada con empuñadura de oro, a nombre de “Cuba agradecida” y con la dedicatoria: “Al Señor Federico Capdevila, el héroe del 27 de noviembre de 1871”.  En la cárcel Capdevila contrajo tuberculosis, y pese a ello cumple la sanción. Como una ironía, al salir, en 1889, es revisada la causa por la cual había sido sancionado y se comprueba que era inocente de los hechos de que se le acusaba. 

Retirado del ejército en el 1889, a los 44 años de edad, decide residir en Santiago de Cuba, la casa era la marcada con el número uno o la dos en los tiempos en que a la altura del Museo Bacardí y el actual Palacio de Gobierno la calle estaba interrumpida por el antiguo Cuartel de San Francisco, en la actual calle Aguilera entre Calvario y Carniceria.

En Santiago de Cuba se reúne con la intelectualidad más sobresaliente y con los cubanos patriotas. Junto a Emilio Bacardí, el doctor Félix Hartman, Federico Pérez Carbó y Francisco Sánchez funda la institución cultural “Victor Hugo”, de carácter librepensador, en la cual ocupa la vicepresidencia. En ella logra materializar algunas de sus ideas progresistas de establecer escuelas laicas, fundar una biblioteca pública y el semanario “El espíritu del siglo XIX”, librar así la campaña para eliminar el cercado que dividía en el cementerio los enterramientos de quienes profesaban la religión católica de quines no.
En 1893 fundó, con esos mismos amigos, el Partido Centro Republicano, y fue electo su presidente.
Al iniciarse la Guerra de 1895, el general Arsenio Martínez Campo le propone a Capdevila que se reintegre al Ejército, pero éste no acepta. Su enfermedad siguió agudizándose, y en 1898 se refugió en un campamento mambí en El Caney, donde falleció el primero de agosto del propio año.
Federico Capdevila fue sepultado en el Cementerio Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, donde permaneció por cinco años, en 1903 fue traslado al de Colón en La Habana. Un año más tarde, después de rendírsele honores, sus restos fueron definitivamente colocados en un mausoleo que se le había construido, a iniciativas de Fermín Valdés Domínguez a los ocho estudiantes fusilados.

Para finalizar la crónica dos momentos importantes y que se hicieron en honor y homenaje al Capitán Español Federico Capdevilla y Miñano un hombre integro defensor de la justicia, aunque en esa causa encontrara el rechazo de militares que como el sirvieron a la corona que colonizó hasta el 1898 a nuestra Patria.
El acto combocado por el estudiantado de Oriente en el 1909 para develar el busto que se le erigió como póstumo reconocimiento a su integridad, busto que hasta nuestros días permanece en el Plazoleta de la Iglesia San Francisco de Asís de Santiago de Cuba, Plaza que en su honor ostenta su nombre, asistieron al acto la viuda y dos hijas del ilustre Capitan, también asistieron importantes personalidades del ámbito social Santiaguero y un numeroso público del pueblo Santiaguero, en el acto hicieron uso de la palabra el Sr. Emilio Bacardi, el Dr. Antonio Grillo y los Srs. Antonio Reyes Zamora, Francisco Cano y Antonio Calvache, resultando la ceremonia de extrema solemnidad.

El busto a Capdevila fue fundido en bronce en Santiago de Cuba. Mide 35 pulgadas de alto por 27 de ancho. Está montado sobre un pedestal de mármol gris, obra del orfebre Nicasio Mensa. El conjunto tiene dos metros y medio de alto desde la base hasta la parte superior. Consta de una placa de bronce con una inscripción alegórica, donada por una firma comercial de la ciudad.

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Otro de los momentos para recordar ocurrió en el 1935, cuando un grupo de estudiantes Santiagueros, llevaron a cabo el secuestro del busto de Capdevila, los tiempos que vivía Cuba en aquellos años después del Machadato, no ameritaban una conmemoración digna como la que era costumbre realizar al conmemorarse la fecha del fallecimiento de Capdevilla y la fecha de recordación a los estudiantes de Medicina fusilados en el 1871.  Para ellos era una afrenta nacional, en el pedestal sobre el que descansa el busto, los estudiantes dejaron un cartel que decía: “Me he retirado hasta que terminen las persecuciones y los encarcelamientos”, los estudiantes llevaron el busto al cafetal “La trinchera“, donde estuvo varios meses en una barbacoa. El busto fue recuperado por la policía y trasladado a Santiago de Cuba a la farmacia Badía. En 1937 el busto volvió a ser restituido a su antiguo pedestal, el acto fue convocado en la Plaza de Marte Santiaguera para su reposición en la Plazoleta de la Iglesia de San Francisco de Asís, participaron personalidades del ámbito político y social de la ciudad, el Alcalde Luis Casero Guillén fue uno de ellos , desde entonces los estudiantes Santiagueros participaban en actos conmemorativos y de recordación, como póstumo homenaje al Teniente Coronel del Ejercito Español, Federico Capdevila Miñano (1845-1898) defensor de los estudiantes de medicina en 1871.

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La figura de Federico Capdevila, representativa de la España progresista y humana y la inocencia de los estudiantes de medicina fusilados en 1871, están indisolublemente ligadas en la historia de Cuba y por ende a la de todos los cubanos dignos.

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