Los historiadores piensan que no existieron peleas de gallos en los primeros dos siglos de la Colonia, ya que el primer documento que refleja las mismas data del 8 de abril de 1737. Sin embargo, muchos coinciden en afirmar que durante el siglo XIX en la mayoría de los poblados rurales y urbanos había una valla de gallos. Quizás esta fuera la contraparte criolla de la muy española plaza donde se celebraban las corridas de toros, lo cierto es que con el desarrollo de la cultura criolla las peleas de gallos proliferaron y las corridas de toros se fueron extinguiendo.

Las autoridades españolas tuvieron una política ambivalente ante las peleas de gallos. El capitán general Dionisio Vives era propietario de una valla para la diversión de él y sus amigos; Miguel Tacón autorizó las peleas solo en la zonas rurales y en días festivos y O´Donnell en 1844 las prohibió en el campo y negó la entrada de la “gente de color” en las vallas citadinas, porque decía que con la pasión del juego se olvidaban las diferencias sociales.

La literatura de viajeros decimonónica ofrece una serie de maravillosas descripciones de las lidias de gallos, pues nadie que visitara la isla dejaba de asistir a una valla. El norteamericano Samuel Hazard dice que prefería las peleas de gallos a las corridas de toros. “Por mi parte, de las dos diversiones me merece más respeto las peleas de gallos, pues en estas, por lo menos, se ve un denuedo y bravura y cierto grado de igualdad…”

pelea de gallos
Foto tomada de https://guardabosquescuba.org/

Según el francés Hipólito Pirón para la mayoría de los habitantes de Santiago de Cuba, la valla constituía una fuente de emociones fuertes; algunos, dice, no solo perdían fuertes sumas de dinero, sino también la casa, haciendas y esclavos. Afirma Pirón que estaba prohibida la entrada de mujeres en las vallas, pero asegura que por un privilegio singular una anciana a la que identifica como Madan Gola estaba siempre allí en medio del escándalo de los postadores y el revuelo de plumas y sangre, siguiendo con vivo interés las peleas y apostando grandes sumas de dinero. ¡La valla de gallos era una suerte de híbrido entre el circo romano y la bolsa de valores en la que corría la sangre y el dinero!

A comienzos del siglo XX la valla de gallos tuvo que enfrentar el rechazo de la cultura norteamericana, que a la sazón introducía el béisbol y el boxeo en Cuba. Durante la primera intervención las autoridades norteamericanas prohibieron las corridas de toros, pero respetaron las peleas de gallos que tanto gustaban a los cubanos. Finalmente terminaron vedándolas, pues para ellos, aquello era un espectáculo salvaje. La Orden No 165 decía escuetamente: “Queda por la presente prohibida desde el 1ro de junio de 1900 la celebración de lidias de gallos en territorio de la Isla.”

Supongo que galleros y aficionados hicieron lo que habían hecho tradicionalmente los criollos con las leyes españolas, las acataron pero no las cumplieron, entonces debieron proliferar las vallas clandestinas en las zonas rurales y pequeños poblados.

Estrada Palma fue el primero en enfrentar el problema y se mantuvo inflexible ante los que presionaban por restablecer las vallas; en un instante del debate, dijo: “Ya el año pasado estuvo a punto de autorizarse la creación de vallas públicas para las lidias de gallos, espectáculo cruel, semibárbaro y desmoralizador”.

En 1909 bajo el gobierno del general José Miguel Gómez fue sancionada la ley autorizando las vallas, los galleros habían vencido; a partir de ese momento las peleas de gallos serían un elemento significativo del paisaje rural y urbano de Cuba.

Las peleas de gallos ciertamente crean un ambiente de violencia y corrupción, pero no puede negarse que resistieron durante siglos las prohibiciones de capitanes generales, gobernadores yanquis y presidentes. Durante los últimos años, de forma clandestina e incluso a la luz pública, la valla ha tenido una discreta presencia que muestra su arraigo en nuestra cultura.

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