Tú sabes muy bien

Que en cada sueño no has podido evitar

Que te me entregues en inútil placer,

Vanos intentos por calmar tu ansiedad.

Te derrotará

La dulce angustia de cada amanecer

Ven a mis brazos que te haré comprender

A quién debes tu fidelidad,

Tú sabes muy bien…

A quien debes tu fidelidad.

Fidelidad. Giraldo Piloto, padre.

  • Yo te lo dije María, que ahí dentro todo el mundo es maestro. Que quien no sabe bailar el Son lo que pasa es pena y sufrimiento.
  • ¡Ay, ya Nicolás! Que nadie nace sabiendo… Y si se trata de Son, que se baila a contratiempo, lo más importante consiste en ir moviendo la cintura, ¡que aquí en Santiago de Cuba la sabrosura llega sin ton ni son!
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Casa de la Trova, ubicada en Santiago de Cuba en la calle Heredia, a pocos metros del corazón de la ciudad. Foto tomada de http://www.tumimusic.com/

Pasaba yo por delante de la Casa de la Trova, a pocos metros del Parque Céspedes, cuando, sin querer, escuché tan animado diálogo entre una pareja de bailadores que salían del lugar. Eran las tres de la tarde, el sopor que descendía sobre las calles de la ciudad empapaba hasta el tuétano a los pocos transeúntes que se aventuraban a salir de sus casas a esa hora.

Sobre las estrechas aceras del centro histórico pendían elegantes balcones y barandas, con barrotes de madera y de hierro fundido. Se alternaban también con antiguos pretorios que eran todo un símbolo de la ciudad, una adaptación criolla a la irregular topografía de la ciudad y formaban parte del denso tejido ecléctico que conformaba la arquitectura local.

El lugar que en el presente ocupa la Trova, como le llaman sencillamente los santiagueros, había pertenecido a varias familias desde su edificación en el siglo XIX y se ubica en la intersección de las calles Heredia y San Félix.

santiago de cuba casa de la trova
En la intersección de las calles San Félix y Heredia se encuentra la Casa de la Trova. Foto tomada de https://commons.wikimedia.org/

Allí nació en 1844 Rafael Pascual Salcedo de las Cuevas, conocido músico, compositor y promotor de la música culta en la ciudad. A principios del siglo XX la casa era compartida por diferentes comerciantes, entre ellos Virgilio Palais, quien lograra reunir en su cafetín a muchos de los músicos y trovadores provenientes de otros barrios de la ciudad y sus alrededores. En 1986, cuando ya los espacios habían sido más o menos unificados para un fin común, se inaugura oficialmente el local bajo el nombre de Casa de la Trova.

Santiago de Cuba, desde su fundación, ha sido siempre conocida por el ir y venir de los vendedores, pregoneros, artesanos, músicos ambulantes, que con el propósito de ofrecer sus productos han sido fuente inagotable de proverbios, estribillos y cantos que han dado lugar a los diferentes géneros musicales que se han originado aquí, en la llamada “tierra caliente”.

Cuna del Son, el Bolero, la Conga…, la ciudad ha sabido aglutinar, como ninguna, las numerosas y prestigiosas presencias de inmigrantes llegados de todo el mundo: españoles, africanos, franceses, chinos, árabes e italianos, pero muy particularmente, desde los siglos pasados, de islas vecinas como la Española (actuales Haití y República Dominicana), Jamaica y Puerto Rico.

Dichas migraciones contribuyeron grandemente a moldear el carácter festivo y alegre del santiaguero, de su estirpe resistente a ataques de corsarios y piratas, incendios, terremotos y huracanes que han golpeado su ciudad y su existencia. La Trova, o mejor, la Vieja Trova, está hecha de las guitarras españolas, de las percusiones africanas, de las serenatas napolitanas y tiene además tintes franceses, muy románticos.

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Vieja trova santiaguera. Foto tomada de Casa de la Trova Pepe Sánchez

Se solía enamorar a las muchachas bajo los macizos ventanales, en el frescor de la noche, con largas serenatas acompañadas por músicos, en sus inicios desconocidos, y que años después entrarían triunfalmente en el Salón de los Grandes de la música cubana.

O sencillamente estos mismos músicos encontrarían su inspiración en las estampas de la vida cotidiana, cubana y santiaguera, para de esta forma crear legendarios e insuperables temas como “La mujer de Antonio”, “María Cristina”, “El Paralítico”, “Cuidadito Compay Gallo”, “Lágrimas Negras”, “Le dije a una rosa”, “Son de la loma”, “Guantanamera”, “Tristeza” y un sinfín de canciones, todas cubanas, que llevarían a nuestra nación a lo más alto del podio musical internacional.

Pero apartándome un momento, o mejor, unos párrafos del recorrido histórico y oficial de la Vieja Trova Cubana, santiaguera, quisiera recordar personas, personajes, situaciones –a veces absurdas y otras veces burlonas– que tenían lugar dentro de la Casa de la Trova durante el período en que más la frecuenté, entre 2004 y 2011.

Era una época en que el turismo europeo estaba en pleno auge, el euro estaba fuerte y abundaban los grupos de Francia, Italia, Alemania, Noruega, Reino Unido, España y de algunos países de América del Sur, como Argentina y Colombia. Había también mucho público de México y República Dominicana, países rítmicamente hechos a la imagen y semejanza de nosotros los cubanos.

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Casa de la Trova. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

La Trova tenía en esos años una programación variada, muy dinámica, por cierto. A las 10 de la mañana ya se reunían los grupos de pequeño formato, dúos y tríos, a interpretar a los grandes del Son, del Bolero y del Feeling. Los salones de la casa estaban todos adornados con cuadros de los representantes más célebres de esta corriente musical: Sindo Garay, Pepe Sánchez, el Trío Matamoros, Manuel Corona, Compay Segundo, Ñico Saquito…

Las descargas matinales, que se hacían en el patio detrás del espacio que ocupaba en ese momento la tienda de artesanía y discos, eran ya muy animadas, acompañadas por saladitos, cerveza, cocteles y un pequeño número de extranjeros y cubanos los cuales, cuando la entrada costaba un poco más cara, se las ingeniaban para hacerse entrar por los «yumas». Allí me encontraba casi siempre en ese horario a Eva Griñán y Gabino, el guitarrista, las Hermanas Ferrín y otros músicos conocidos.

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Eva Griñán y Gabino Jardines. Casa de la Trova. Foto tomada de Facebook

Muchos se preguntarán qué hacía yo a esa hora ya en el centro de la ciudad. Y es que por entonces era guía de turismo de Havanatur. Cuando tenía un tiempo libre me iba a la Casa del Estudiante, local contiguo a la Trova, y allí pasaba horas con mis amigos de la universidad, devenidos instructores de arte, disfrutando de los ensayos del Cutumba, otra agrupación artística santiaguera, archiconocida, que ponía a arder el local con su baile de la Tumba Francesa.

Luego cuando empezaba la programación de La Trova juntábamos un poquito de dinero entre todos y pasábamos el resto del día como Dios manda. Nos sorprendía a veces el tórrido mediodía oriental yendo también al Baturro a tomar cerveza dispensada y comernos algo, para luego regresar a La Trova a bailar con los grupos que se presentaban en la función de las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, según los cubanos.

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Descargas. Casa de la Trova, Santiago de Cuba. Foto tomada de https://www.helloforos.com/

A las tres el espectáculo era en el salón principal de la planta baja. En dependencia de los turnos, podíamos coincidir con Mariluz, una negra flaca y divertida, de lo más buena persona, que era hija de uno de los añejos cantantes del grupo Los Jubilados de la Trova, el cual tenía una voz potente y singular. Mariluz falleció ya hace unos años; recuerdo que siempre entre todos nos “multábamos” para darle dinero y que pudiera llegar a casa en una moto o en un carro porque si mi memoria no me falla no vivía en el Centro, creo que era de por el Distrito José Martí. La pobre Mariluz, una vez pasó tiempo con la cocina de su casa rota, sin un balón de gas, y Pietro, un amigo italiano, le regaló dinero para que pudiera aliviar su crisis. Pietro era un amante de Cuba, de Santiago en especial, y la Trova era un lugar que, como a mí, lo fascinaba.  

Entonces, otra de las personas presentes en mi relato que trabajaba en La Trova desde hacía años, y que naturalmente era conocida por todo el acudía al lugar, es Mercedes, o Mercedita, como le decíamos cariñosamente. Mercedes se la sabía toda, por decirlo en buen cubano. Conocía la vida, obra y milagros de todo el que pasaba por allí, desde los músicos hasta los extranjeros, pasando por los jineteros y los vendedores de cualquier cosa.

(Yo no soy escritor, me he metido a cronista por insistencia de mis amigos y voy escribiendo como mismo hablo, como mismo se habla en Cuba y en Santiago. Incluso a medida que adelanto en la escritura de estas líneas me vienen a la mente infinidad de canciones: “no la llores, no la llores, que fue una gran bandolera enterrador no la llores”, “no me mires a los ojos porque no quiero que tu mirada penetrante me deje ciego”, “tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida”, “en el lenguaje misterioso de tus ojos hay un tema que destaca sensibilidad” …)

Con Mercedes me divertía mucho y sus ocurrencias me hacían reír y olvidar lo que pasaba fuera de aquel rincón. Cuando Mariluz falleció ella se puso muy triste, pues aparte de ser muy buenas amigas, ambas coincidían en los turnos de trabajo. Ella me contaba la rara y triangular historia de amor entre un turista holandés con el pelo muy blanco, su esposa y la amante cubana del mismo. El holandés traía siempre grupos de turistas que aprendían a bailar ritmos cubanos con profesores de baile de Santiago. Iba a la Trova todos los días y se sentaba por las noches en el Salón de los Grandes, en el piso superior, y allí bebía mojito tras mojito hasta que “cerraban las trasmisiones”. Cuando lo acompañaba la esposa él estaba más tranquilo que “tate quieto”, como se dice popularmente, y tenía cara de no romper un plato. Si estaba con la amante cubana se revolvía y hasta se ponía a bailar. Luego se iban en un Moskovich alquilado para el lugar donde vivía la cubana que era un barrio en las afueras.

Luego había otro personaje muy asiduo en la Trova, un sueco con una barba larga muy blanca que se parecía a Fernando Birri. Todo el mundo quería tocarle la barba, como a la estatua del Caballero de París en La Habana. Este señor también era de lo más animadito. Se sentaba siempre al final del Salón, bebía mojito tras mojito y obviamente no faltaban mujeres que gustaban de coquetearle pues el tipo tenía fama de ser generoso: cuando las entradas costaban más caras –era el caso de las presentaciones de Sones de Oriente, Son Caliente, el Septeto Santiaguero, Elíades Ochoa o el Septeto Típico–, hacía pasar, sin reparar en gastos, a cinco o seis personas que por lo general eran ya conocidos suyos y que contribuían a la animación del lugar.  

Estaba además la Negrita terrible, otra pieza del ensamblaje que movía La Trova todas las noches. Mi amigo Pietro y yo le pusimos este mote pues iba de mesa en mesa pidiendo distintas cosas a los clientes, a saber, dinero para comprar bocaditos, refrescos y cerveza o el bocadito, los refrescos y la cerveza en sí. Sabíamos que los bocaditos y refrescos los llevaba a casa y los guardaba para su madre, que se encontraba muy enferma, y que la cerveza que le regalábamos la vendía luego en la calle a un 1 CUC, por eso siempre le pedía al cantinero que no le abriera la lata. Igual cuando terminaba la función en la Trova ella se daba un último salto a la Casa de la Música, situada entonces en la calle Corona y allí continuaba su trabajo de “pedigüeña”. Bailaba muy bien, además.  

(“Aurora de rosa al amanecer, nota melosa que gimió un violín…”, “eres mi bien, lo que me tiene extasiado…”, “oh, vida, si pudiera, vivir la feliz noche…”, “Santiago de Cuba, policromada, estampa criolla que derrite el sol…”. Resuenan en mis oídos otras canciones…)

Como parte del elenco de personas y personajes, había también un muchacho, el pobre, buena persona, muy cariñoso, mulato él, de unos treinta y pico de años, que se sentaba en la acera de la parte de atrás del hotel Casa Granda, y sostenía con una mano una maraca y con la otra su cabeza, pues parece que padecía un extraño síndrome que lo obligaba siempre a aguantarla con una de las dos manos, pues la cabeza se le iba para un lado o para el otro. Cuando teníamos una oportunidad bajábamos hasta la acera y le regalábamos refrescos enlatados y a veces bocaditos u otra cosa de picar para que comiera, ya que podía pasar horas y horas allí sentado mientras duraba el espectáculo nocturno. Recuerdo también que los turistas repitentes, asiduos a la Trova, le obsequiaban personalmente pares de zapatos o se los hacían llegar a través de otros viajeros que visitaban Santiago. He asistido a otras funciones recientemente pero no lo he visto nunca más.

Como parte esencial de aquella enredada madeja mágico-musical, popular-jineteril, sé que el término no existe, pero los cubanos saben a qué me refiero, estaban las parejas de baile.

Las parejas estaban integradas por bailadores santiagueros, de esos que llevan el Son en lo más profundo de sus extrañas, de los que se mueven ya a contratiempo desde el vientre de sus madres, que nacen en barrios periféricos, crecen en los callejones de Santiago y llegan a convertirse, de adultos, en secuaces, malabaristas de los salones de bailes, capaces de arrastrar un tumulto de fríos europeos o norteamericanos, tiesos como una estaca, y darle candela a la pista de bailes soltando el tacón todas las noches.

Entre esas parejas estaban Yoannis y Alina, ella un poco mayor que él. Alina era tremendo personaje, una mulata linda, ya casi en sus cuarenta, tenía una hija adolescente y ambas vivían en una cuartería por Santa Lucía si bien recuerdo. Él vivía por Versalles y ya no encuentra en Cuba, creo que después de un largo recorrido por Europa se asentó en Francia. Alina se las arreglaba para sonsacar a los turistas, aunque ya había tenido algunos problemas con los policías que la perseguían supuestamente por “acoso al turista”. Pero era una buena persona, y en este ambiente cada cual trata de sobrevivir como puede. El baile en la Trova y en la Casa de la Música se prestaba para todos esos embrollos. Era una tela de araña para atraer a los turistas, para hacerse pagar una comida en alguna u otra ocasión y obviamente para hacerse invitar a un país extranjero. Creo que esto es conocidos por todos. Al final, muchos de estos bailadores lograron fundar sus propias escuelas de baile, sobre todo en Europa.

Yo estaba siempre rodeado de franceses e italianos pues eran mis dos mercados principales durante el período en que trabajé para Havanatur. Por otra parte, el hecho de tener también orígenes italianos, me acercaba mucho a los grupos de este país. Así que tenía muchos amigos que venían a vacacionar a Cuba y en particular eran muy amantes de la Trova y de toda la cultura santiaguera. Varios de ellos venían a Santiago a través de asociaciones de amistad y traían muchos donativos al país.

Retomando a Alina recuerdo que algunos amigos tomaban incluso lecciones de baile con ella. Yo visité su casa en múltiples ocasiones y ella me contaba un poco sobre su vida, sus problemas y el miedo que sentía a veces al salir pues sabía que los policías del Centro habían puesto el ojo sobre ella. 

Tengo otra amiga, italiana ella, que visitaba Cuba hasta dos veces al año. Venía de Milán, paraba en casa de una señora que tenía una casa de arrendamiento en Vista Alegre y era asidua a la Trova y otros locales como Artex, la Casa de la Música y el Patio de los dos Abuelos. Cuando llegaba a Cuba hacía vida de cubana: estaba pendiente al repartidor del pan con su carrito, iba a la Melipona a comprar cosas para la dueña de la casa, se montaba en los pisicorres para El Caney y de vez en cuando iba a tirarse las cartas a la Casa del Caribe o a consultarse con una madrina Santera que vivía por Marialina.

El nombre de mi amiga me lo reservo pues eran muchas las travesuras que hacíamos juntos incluyendo bebernos tragos recién servidos en la Trova cuando la gente no estaba atenta a las mesas, ¡ja, ja! Recuerdo que nos tomamos unos cuantos daiquirís y unas cuantas piñas coladas cuando nadie estaba mirando. La gente se volteaba y asombrada decía: “¿y dónde está mi trago?”

Todo esto formaba parte de la diversión, de lo bucólico del cuadro cotidiano del lugar. No sé si se parecía más a una de las estampas que recitara el maestro Luis Carbonell o a la “Comédie humaine” (La comedia humana), como solía decir Pietro, mi otro amigo italiano.

Lo cierto es que allí se conjugaban situaciones, ritmos, tragos, vicisitudes personales que cada uno, incluyéndome a mí, trataba de olvidar, aunque fuera por una noche, a golpe de mojito y de baile, porque como dice la canción “la Trova sin trago se traba”. Y la Trova se destrababa casi a las dos y media de la madrugada, entonces bajábamos las vetustas escaleras de madera y tratábamos de regresar a casa con taxistas de confianza, los cuales, si bien no ocupan un lugar en este escrito, también eran otros personajes singulares de la Calle Heredia.

***

La Casa de la Trova vivirá por siempre, pues ha sido enaltecida por los más grandes, ocurrentes y populares compositores de Santiago, de Cuba. En ella se refleja lo más íntimo y profundo del alma popular, de las venas del pueblo. De sus estribillos contagiosos, pícaros, brota el devenir de este país, del Oriente, por donde todo comenzó.

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