Para muchos, a 14 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cuba se encuentra la playa más famosa de la urbe. Para mí, como para otros tantos, es también el lugar que nos vio crecer.

Siboney es un balneario cuyo paisaje se ha transformado con el paso del tiempo, y ciertamente aunque todos amemos este pedazo de nuestro Santiago de Cuba, no es lo mismo para los que peinan canas que para mí, que soy de la generación de los que tienen 30 años.  

siboney antes de sandy
Quienes hoy tienen más menos 30 años, este fue el Siboney que conocieron antes de Sandy en 2012. Foto tomada de www.claireboobbyer.com

Los fenómenos de la naturaleza han hecho de las suyas, pero también la mano del hombre que se ha vuelto «natural» en estos días con el abandono, la falta de interés, la desorganización… que han hecho que solo quede en recuerdos la playa donde crecí.

Recuerdo, por ejemplo, que hace unos 20 años atrás Siboney era una playa amplia de arena gris, una parte cubierta con matas de coco, también existían cinco cabañas de alquiler, había una gran cantidad de almendros, fruto que aprendí a comer y picar con mis primos.

Las cabañas de alquiler estaban limitadas por un muro blanco donde hacíamos equilibrios para ver quien caminaba el tramo más largo, una verdadera locura porque si nos caíamos podíamos rompernos un pie fácilmente.

La playa estaba atravesada en el medio por un río estancado (estero), rodeado por matas de uva caleta de la cual comíamos cuando era temporada, hasta quedarnos con los dientes entumecidos y la lengua violeta.

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Río que dividía en dos a Siboney. Foto tomada de www.tripadvisor.com

También había un puente colgante en el que jugábamos a moverlo. Me tomó años perderle el miedo a caerme, y es que se justificaba pues sus vigas estaban oxidadas por estar tan cerca del mar y las tablas donde se apoyaban los pies estaban podridas: ¡se consideraban valientes aquellos que lo pasaban!

A nuestra corta edad lo comparábamos con el puente que aparecía en una película de Indiana Jones donde las personas que caían eran devorados por unos cocodrilos en el fondo.

La parte de la cafetería y el restaurante, en la playa, era la más concurrida. También era una zona donde se ubicaban los baños y el guardarropa. Al lado estaba la base de pesca y al frente había un área de juegos con una cancha de voleibol, otra de baloncesto y cantidad de columpios de todos los tamaños, para grandes y chiquitos. Ahí pasé horas columpiándome con mis primos.

Al final de la playa se levantaban dos gigantescas estructuras, una cafetería a la cual le decíamos el arco, por tener un gran arco en su parte superior y que casi siempre estuvo abandonada.

playa siboney
Antes de 2012, Siboney conservaba algunas edificaciones con varias décadas de existencia. Foto tomada de www.claireboobbyer.com

También estaba mi lugar favorito de todos: la piscina de la playa de Siboney, con casi la distancia de una olímpica. Estoy exagerando, bueno lo era para nosotros cuando éramos niños. Fue el lugar donde sin lugar a dudas la mayoría de los de mi edad aprendimos a nadar.

La piscina de Siboney estaba dividida en tres: el área de los niños, compuesta por una escalera que llevaba a una estrella donde uno se podía subir y jugar a resbalar; al frente estaba la media luna, ya ese era lugar para niños grandes y adultos, para llegar allá había que saber nadar un poco y tener fuerza para subir pues no había escaleras, o bueno, alguien podía ayudar a escalar, los gorditos y las niñas eran los que más trabajo pasaban para subir y más de una vez las personas salían con la cabeza partida, pero hasta eso formaba parte de mi niñez, la etapa que más disfruté; después de la media luna estaba la parte onda, lugar de adultos donde solo te bañabas si eras grande, aunque nosotros los siboneyes nos escapábamos del salvavidas, de vez en cuando, para demostrar que ya sabíamos nadar. En esta última parte había dos trampolines al final donde se hacían competencias de tirarse y de nadar hasta la medialuna y virar para atrás.

piscina siboney santiago de cuba
Piscina de Siboney.

Eran una piscina amplia y onda, no era juego de muchachos, había q saber nadar, pero la hicimos nuestra. Debíamos ayudar en casa y portarnos bien para que nuestros padres nos dieran el dinero para ir. Costaba entre uno y tres pesos, aunque el agua estuviera verde íbamos allá a jugar.

Aún recuerdo verme sujetado de la portería de la entrada porque no me dejaban entrar un día que ya estaba llena, o porque no me habían dado dinero para ir…

Otro lugar muy concurrido en Siboney fue la famosa balsa, una estructura de concreto y vigas de acero ubicada a 200 metros de la orilla de la playa.

Se alzaba en el agua, majestuosa, incitando a los bañistas a visitarla, recuerdo que en mi niñez no existía, solo unos pilotes de una vieja balsa que una vez hubo. De pronto un día llegó un gran barco transportando una estructura. Los más audaces fueron nadando hasta el barco, el que llamábamos la patana, y se subieron en él por una viga una gran cadena de hierro que supongo haya sido el ancla.

antigua balsa playa siboney
En los años 50 del pasado siglo ya existía una balsa en la playa Siboney.

Al principio no sabía q se iban a hacer y solo se divisaban cuatro columnas que sobresalían. Mi papá nos llevó hasta allá en los hombros, a mi primo y a mí, y nos sentó en las vigas y después nos obligó a tirarnos de él porque se alejó cuando nos dejó. Teníamos alrededor de nueve años pero supongo que lo hizo para q perdiéramos el miedo porque a partir de ahí empezamos a frecuentar el lugar.

Terminada la Balsa era una estructura cuadrada de dos niveles, tenía cuatro columnas, una escalera para subir desde el agua a la primera plataforma, y una segunda escalera para llegar al nivel más alto.

Los muchachos de Siboney la hicimos nuestra: en ella se jugaba al «topa´o», a tirarse, y muchos otros juegos, también marcaba el punto máximo donde podía romper una ola en tiempo de ciclones, temporal que se esperaba con ansias pues se hacía un deporte muy particular «surfing» sin tabla, o como decíamos nosotros «coger olas». Las olas altas solo se atrevían a cogerlas los que tenían tablas de poliespuma y otras ya habituados, con un buen físico…, era muy divertido y extremo.

restos de la balsa siboney santiago de cuba
Santiagueros juegan en los restos de la balsa.

Pero estas mismas olas que tanto placer y horas de diversión nos dieron, con el paso de los años, fueron destruyendo la balsa, en cada temporal se deterioraba más y más hasta que con el huracán Sandy se terminó de destruir.

También se destruyó la estructura conocida en Siboney como el malecón, y una escalinata de cemento que unía la playa con el malecón, además de muchas viviendas ubicadas en el litoral, se perdió además la tarja que representa el sitio histórico donde se produjo el desembarco de las tropas americanas.

Sin duda 20 años después lamento que mi hijo no pueda disfrutar de la piscina de Siboney pues no existe gracias a un “intelectual” que dijo que no era necesaria su existencia, y la llenaron de tierra. Ahora solo hay pasto para vacas donde fue el lugar más animado del principal balneario de Santiago de Cuba, al menos de la generación de quienes tenemos ya 30 años o incluso más.

3 Comentarios

  1. Me da nostalgia este artículo. Yo tengo 46 y creeme que hubo un tiempo en que me di por ir todos los días a Siboney. Hacer años me fui de Santiago y luego de Cuba, cuando ví las fotos despues de Sandy, no lo podía creer.

  2. Una vez más cuanta emoción al recordar con su relato tan hermosos tiempos vividos, cada fragmento es como volver a vivir épocas pasadas que quizás ya nunca volverán, he aprendido muchas cosas que desconocía del Siboney Santiaguero, el Río que lo dividía por ejemplo, mucha tristeza por toda la devastación de su litoral provocada por los huracanes, nunca pude ver ni disfrutar de su afamada y recordada piscina, pero así y las cosas me conformo con haberlo tenido en nuestra ciudad un lugar de larga historia comenzada por nuestros antepasados grupos de indios taínos y Siboneyes, de los cuales surge su invocado nombre que en lenguaje Arhuaco Sibo: piedra preciosa y ney: gente, gente de las piedras preciosas, Gracias Loo por hacernos volver a vivir.

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