Muchos se preguntan el porqué de tan variada colección de colores en las calles Santiagueras y aquí les va la explicación.
La ciudad de Santiago de Cuba quedó asentada al fondo de la bahía, en un valle ondulado rodeado de un sistema de cordilleras que conforman un anfiteatro natural. Desde entonces paisaje y ciudad quedaron estrechamente ligados.

La arquitectura de Santiago de Cuba se desarrolló de manera concéntrica al anillo fundacional predominando en esta área las edificaciones de puntal alto con amplios balconajes. 


Señorean los techos de tejas españolas y francesas, la utilización de estas últimas debido a la fuerte influencia que se produjo luego de la oleada de inmigrantes procedentes de Saint-Domingue.

El relieve accidentado de nuestra ciudad, los frecuentes temblores y el vivo sol del trópico, condicionaron la forma en la que se construía en Santiago de Cuba. 

Las casas eran en su mayoría de una planta, con patios interiores que refrescaban el intenso calor y galerías o pasillos interiores con abundante vegetación.

La madera era el material básico en toda construcción: la estructura de las paredes y el techo eran realizados con grandes horcones que permitían en los vaivenes de los terremotos que la casa bailara al compás y se mantuviera en pie. 

Los techos cubiertos de tejas criollas o francesas, bien en forma de colgadizo, o a dos, cuatro u ocho aguas, permitían a través de un sistema de canaletas recoger las aguas generosas de la lluvia y almacenarlas en los aljibes, elemento esencial en una ciudad donde, hasta el día de hoy, la sequía y la escasez del agua han sido cotidianas.

En cuanto a los colores todo tiene que ver con principios físicos de relación entre los colores y el calor del sol, los colores rojos, mandarinas y amarillos reflejan más ondas de luz tienden a ser más fríos que aquellos que sólo reflejan algunas, el color que más calor absorbe es el negro.

Una característica de la ciudad que llamaba y llama la atención a los que nos visitaban y visitan eran los llamativos colores con los que eran pintadas las fachadas de las casas, para evitar, como se decía, que el ardiente sol quemara la vista al observarlas. 

Los preferidos eran el amarillo y el rojo como pudieron ver en las postales antiguas, precisamente por ser más fríos y absorber menos el calor debido al sol abrazador, increíblemente la única norma, legislada por las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Santiago de Cuba, era que no se podía usar el color blanco.

Ahora ya sabes Santiaguero, cuando alguien te comente sobre el “pintarrajeado” de las casas de Santiago de Cuba, sabrás darle una explicación, ademas!! montañas, Mar y Caribe de sol brillante no combinan con la sobriedad.

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