Es viernes. Cada viernes por la noche se hacía la fiesta en la Casa de las Tradiciones, también conocida como La Casona, aquí en Santiago de Cuba, en la boca del caimán cubano…

El ambiente y las personas no cambiaban, hasta la temperatura y la forma de ver la vida eran las mismas. Por suerte la música seguía siendo la más auténtica y tradicional, con sus ademanes cadenciosos, románticos, típicos de las generaciones viejas y nuevas.

En La Casona, los cigarrillos, la cerveza y el ron formaban parte del ambiente, lo conformaban, lo integraban y no eran más que pura diversión, una forma aparentemente sana de sazonar la vida.

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Casa de las Tradiciones, un ambiente bohemio en Santiago de Cuba. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Para ir a La Casona nos alistábamos siempre a las 8 de la noche y salíamos “en comparsa”, atravesando el Tivolí –antiguo barrio fundado por los inmigrantes franceses a fines del siglo 18-, guitarra en mano y rodeados de un montón de amigos bohemios dispuestos a esperar el alba en un callejón de la ciudad vieja o en un muro que, como barricada, otrora utilizaran otros jóvenes para defenderse de los soldados de Batista.

El viernes era el día esperado por todo el mundo: uno salía del trabajo e iba a su casa a acicalarse para luego hacer su entrada en aquel lugar mágico-religioso donde se encontraba usualmente la misma gente que, sin embargo, nos parecía que veíamos siempre por primera vez.

Debo mencionar que este sitio lo conocía de pequeño, pues teniendo una tía que trabajaba en el Ministerio de Cultura, tuve la ocasión de asistir muchas veces a conciertos, veladas, serenatas e incluso al carnaval de julio que se celebraba en la arteria conocida como la Calle de los Recuerdos. Pero solo sería mediante mi amigo Andy que “redescubriría” el sitio muchos años después.

Sería solamente a través de él que se despertaría ese instinto bohemio y soñador que latía en mí, que dormitaba como el caimán que es Cuba. Fue entonces que redescubrí la alegría de estar entre personas sencillas, amantes de la música, de compartir, de tomarme una botella de ron de más o menos calidad a la luz de un neón amarillo, bajo el rocío proveniente de la madrugada o la humedad que subía del puerto que quedaba solo a algunas cuadras de allí.

Recuerdo a Alfredo, Grisel, Omar, Magarola, Cheo, Zulema, Daisy, Silvia Taquechel y muchos otros que conforman una lista interminable de amigos. Los llevo a todos en mi mente y en mi corazón por doquiera que voy, no importa que la espesa niebla de riachuelo se afane en empañar mi memoria algunas veces.

Las regiones de Cuba, ya sean Oriente, Centro u Occidente, son todas distintas, pero en algo coinciden: todo el mundo canta, con una entonación u otra.

Todos cantan bolero, chachachá, guaracha, son, mambo, conga o guaguancó, punto cubano. Todos bailan casino o salsa, danzón, rumba o tumba francesa, porque de esos ritmos estamos hechos nosotros los cubanos, sin querer caer en el cliché. De españoles, africanos, franceses, haitianos, árabes, chinos, italianos y jamaicanos está compuesta nuestra sangre caliente y efervescente, nuestro temperamento colérico-sanguíneo y al mismo tiempo lánguido. Y en esa Casona se cantaba, ¡y con deseos!

Creo que en el fondo ningún cubano puede deshacerse nunca de sus raíces, aun cuando se encuentre en las antípodas o haya vivido casi toda la vida fuera de su terruño. El corazón de un cubano puede compararse con un mar de crestas blancas, con el rumor de las olas estrellándose contra el arrecife, y en esa Casona se estrellaban con iracundo furor, en los tres, en las guitarras y en las percusiones, las notas del Son y del Bolero, del Feeling. Las notas que acompañaba un público fiel, conocedor del vasto repertorio musical cubano, antillano y latinoamericano que sacudía con vigor las techumbres y las columnas interiores de madera del lugar.

En sus paredes pendían cuadros alegóricos a la música cubana, a la ciudad de Santiago y a sus célebres compositores. Ahora me vienen a la mente varios estribillos, de Pepe Sánchez, del Trío Matamoros, de Sindo Garay, y hasta de Rodulfo Vaillant y Enrique Bonne: “se muere de sed la tía, dale un vaso de agua fría…”

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Agua fría era lo que se necesitaba para contener el fuego abrasador de las noches de los viernes, empapadas con mojitos perfumados con yerba buena y rociadas a granel con ron Caribe Refino y con cerveza Hatuey de botella, de diez pesos. Sí, con cerveza Hatuey que aún se fabricaba en Santiago de Cuba pero que se consumía solo localmente.

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El lugar era también un sitio de flirt, para ligar. Normalmente te cruzabas con europeos o norteamericanos, hombres y mujeres, en busca de diversión con algún local. Sabemos que a los extranjeros de esas latitudes les gusta “la pinta”, como se dice en buen cubano. Y hasta los músicos eran blanco de esos devaneos.

Bueno, debo confesar que, de una forma u otra, cuando no teníamos literalmente ni un centavo, muchas de esas personas nos ofrecían de beber, también con el propósito de que les hiciéramos compañía, bailáramos con ellas o simplemente les contáramos un poco de la historia cubana, no todo se reducía al flirt, obviamente.

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Las descargas musicales en Santiago de Cuba une con lazos de fraternidad y amistad a personas de diferentes naciones. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Lo más importante, sin embargo, era que allí todo el mundo se mezclaba, y de nuevo recurro a Nicolás Guillén, “San Berenito, todo mezclado…” Y el San Berenito de verdad se armaba a la hora de cerrar el local, pues nadie quería irse.

Entonces lo que solíamos hacer era coger guitarra, tres y botella en mano, y sentarnos en los bancos que están frente al Museo de la Clandestinidad, desde donde se ve el mar. Y el jolgorio duraba hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. Yo, aunque fuera verano, trataba siempre de protegerme el cuello con una bufanda, pues es de todos conocido que en Santiago se producen grandes contrastes de temperatura: la diferencia entre el día y la noche puede ser hasta de 12 grados. Además, subía una brisa húmeda del puerto que se conjugaba con el terral proveniente de las lomas. Aunque Santiago fuera, al decir de los cantores “un abrazo caliente de montañas”.

Nadie nos mandaba a callar, porque Santiago, en especial el Centro y el Tivolí, constituyen espacios vivos, llenos de una joie de vivre (alegría de vivir) innata. A la gente le gusta las fiestas, los carnavales, las comparsas, las congas, los estribillos pegajosos de ahora y de antaño. “Voy, del Tivolí a la Alameda…”. “Hasta Santiago a pie…”. “Abre que ahí viene el Cocoyé…”. “Fuego bombero se quema la Trocha…”. ¡Cuántas canciones que han hecho bailar a tanta gente dentro de Cuba y fuera de ella! Santiago es conocido como el termómetro de la música cubana, donde grupos como los Karachi y Son 14 habían hecho temblar la tierra en múltiples ocasiones.

Sentados allí en aquella barriada, o también en la Escalinata de Padre Pico, a veces llegaba a amanecer, y era solo entonces cuando cada cual volvía a su casa, ya sábado, para refrescar la fiebre nocturna del viernes, ebria del Son y del Bolero.

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Si la escalinata de Padre Pico hablara, contaría muchas páginas de la historia de Santiago de Cuba, entre ellas las descargas musicales y reuniones de amigos. Foto Michele Alessandro Montano Mugno.

En Santiago uno crece a golpe de guitarra, asaeteado por la vida, impregnado por el deseo inagotable de llenarlo todo con la música, incluso en los momentos más amargos. Se debería aprender mucho de nosotros y dejar a un lado la abominable manía de la precisión que se ha expandido en los últimos años…

Ahora las tertulias son los domingos en la tarde, pero nunca más he regresado a La Casona. Quizás estoy esperando que regresen mis amigos de las Antípodas y así podamos reunirnos con los que de vez en vez me encuentro recorriendo la calle Enramadas, subiendo o bajando Padre Pico, o simplemente esfumándose en la Calle de los Recuerdos de mi mente. “Siento por Santiago una pasión, que jamás podré olvidar…” Es lo que les cantaría a todos ellos, es lo que resuena en mi memoria.

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