Escucho, a lo lejos, cómo el viento se levanta con la tempestad, furiosa,
que se desencadena y va barriendo las hileras de naranjos
cuyo perfume llega a mí, y que conozco demasiado bien…
Es el perfume que me transporta en el tiempo,
que me catapulta en el patio interior de la casa donde crecí.
Cierro mis ojos por un instante,
un instante colmado de alegría e inocencia infantiles.
Cuando los abro, me encuentro suspendido nuevamente
en el espejo mágico de mi pasado,
rodeado de recuerdos que me son gratos, de los seres que amo,
y arrullado por la voz de mi madre,
que me cantaba en mis noches de insomnio…

«¡Tierra a la vista!»

Grita Rodrigo de Triana en octubre de 1492 y no imagina lo que se le viene encima, o mejor, ¡lo que se nos viene encima! Pasan veinte años luego del famoso grito del marinero que acompañaba al Gran Almirante en su primera travesía por la Mar Océana y apenas queda un puñado de habitantes autóctonos en el Oriente de la isla, en su mayoría Taínos, los cuales se encontrarían rápidamente encomendados y sometidos por los conquistadores españoles.

Estaban muy lejos Colón y de Triana de “descubrir” los verdaderos tesoros que guardaban con recelo las tierras recién colonizadas. No se trataba de oro ni de plata, ni del famoso El Dorado que habría hecho sucumbir durante siglos innumerables e insaciables expediciones en la Florida y en el sur del continente. Famosos por no haber regresado nunca a Cuba eran Cortés y Bobadilla, cada uno con sus razones, muy variadas…

La villa de Santiago de Cuba se fundó en el año 1515, en las márgenes del río Paradas. Recogen los libros de historia que, debido a la insalubridad de aquellos terrenos, el asentamiento hubo de trasladarse a la orilla derecha de la bahía, donde yace hasta la actualidad.

Foto antigua del Caney, Santiago de Cuba
El Caney. Foto antigua tomada del grupo en Facebook Fotos Antiguas, Provincia, Santiago de Cuba

El Caney se fundó el 19 de agosto de 1539, a pocos kilómetros de la villa de Santiago de Cuba. Desde sus inicios constituyó el sitio ideal para las segundas residencias y casas de veraneo de los españoles. Los nativos fueron en gran medida desplazados hacia las reservas y encomiendas, y vivían precisamente en “caneyes”, las cabañas típicas de madera con techumbre de hojas secas de palma o yarey.

El poblado estaba unido a la ciudad por medio de un camino angosto bordeado por enormes árboles de anacahuita que fueron cayendo con la furia de los ciclones, el paso de los años o cortados posteriormente en el afán de ensanchar la carretera actual, históricamente flanqueada por profundas cunetas. Cuentan los más ancianos que se podía ir de El Caney hasta la ciudad a pie, casi sin exponerse al sol, caminando bajo la sombra de aquellos árboles centenarios y frondosos.

El Caney, Santiago de Cuba. Foto Michele Alessandro Montano Mugno
De camino al famoso Caney, se extrañan los grandes árboles de antaño. Foto del autor.

Recuerdo muy bien que la anacahuita da un fruto medio verdoso, con forma de corazón, en cuyo interior crecen dos semillas negras envueltas en una fina lanilla de partículas conocidas como “pica pica”. ¡Cuántas maldades no hacíamos cuando éramos niños esparciendo la pica pica en los pupitres de la escuela primaria! Luego los que eran sorprendidos debían frotarse las manos o los brazos en sus propios cabellos o en los de otro compañero o compañera para poder desprenderse de tan molestas fibras. A veces tomábamos también las semillas negras y las machacábamos hasta sacarle la pequeña nuez que tenían dentro, y obviamente nos comíamos aquello, que luego daba una vomitera del carajo.

Aquella escuela situada en la entrada del pueblo se llama aún “Joel Jordán”, en honor a un mártir local que había sido miembro del movimiento “26 de Julio” y que fue el tío abuelo de mi mejor amiga, la cual emigró a Francia desde su juventud. La familia Jordán era conocida en la Iglesia Bautista por haber mantenido igualmente lazos con Frank País.

Parque del Caney, Santiago de Cuba. Foto Alessandro Montano Mugno
Parque del Caney, Santiago de Cuba. Foto Alessandro Montano Mugno

De niño solía ir a jugar con mis coetáneos hasta el cementerio local, ¡vaya costumbre!, que tenía como telón de fondo las lomas del Caney. Recorríamos la calle principal hasta llegar a lo más alto del poblado, donde se encontraba el sitio, en cuyos jardines exteriores, llamados por la gente del lugar La Raspadura, crecían unas plantas de adelfa que habíamos apodado “flor de muerto”; y es que asociábamos las adelfas al cementerio pues incluso las había en otros lugares y las seguíamos llamando siempre así.

Una vez dentro del cementerio paseábamos por alrededor de las tumbas, comíamos tamarindos chinos o cualquier otra fruta que allí creciera. Solíamos sentarnos a la sombra de los árboles, en la quietud del campo santo, o simplemente nos escondíamos detrás del osario y nos echábamos agua de las llaves que estaban instaladas allí para regar las plantas y llenar los búcaros colocados encima de las lápidas. ¡Lo que uno hace cuando es muchacho!

El fondo del cementerio colindaba con algunas casas del vecindario cuyos moradores se sentían atemorizados muchas veces por los avistamientos de fuegos fatuos. Pero también, y más importante, solíamos hacer caminatas y acampadas en El Viso, antiguo fuerte construido por los colonialistas alrededor de 1873, sobre el homónimo promontorio.

Calle y viviendas del Caney, Santiago de Cuba. Foto Michele Alessandro Montano Mugno
Calle y viviendas del Caney, Santiago de Cuba, famosa localidad rodeada de montañas. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Desde allí se divisaba toda la cuenca sur de Santiago de Cuba. No es por gusto que los españoles decidieron edificarlo en esos predios, pues desde su ubicación ideal se dominaba todo el valle circundante y la Sierra de la Gran Piedra.

Desde las cercanías del fuerte se podía acceder a través de un vetusto camino hacia otras de las cumbres más conocidas en la zona: El Bonete y El Escandel, este último había sido un importante asentamiento franco-haitiano durante la inmigración de numerosos colonos procedentes de Saint-Domingue a finales del siglo 18 y principios del 19, y desde ahí se había organizado la entrada del Ejército Rebelde a Santiago de Cuba a finales de 1958.

El Viso atesoraba mucha historia. En sus laderas se habían desarrollado cruentas batallas entre los ejércitos estadounidense, cubano y español durante la última etapa de la Guerra de Independencia, en el año 1898. Al igual que la batalla de la Loma de San Juan, la que se libró en El Viso dio lugar a la rendición de Santiago de Cuba y a la firma del Tratado de París, con el que Cuba pasaba de manos españolas a manos norteamericanas.

Hay tarjas en El Viso que rememoran los históricos hechos, en español y en inglés, en una de ellas se lee el nombre del famoso general Lawton, que jugara un papel preponderante en la ocupación de la isla de Cuba por los Estados Unidos de 1898 a 1902. Hasta un barrio de La Habana lleva su apellido (Lawton).

Imagen de Hatuey. Foto Michele Alessandro Montano Mugno
Imagen de Hatuey. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Había también en el fuerte una imagen con el rostro de Hatuey, en bronce, que luego desapareció, pero de la que guardo, afortunadamente, una foto.

A mí en lo particular me gustaba ir al Viso al atardecer. Me llenaba de las energías positivas que flotaban en aquel lugar. Solía contemplar por horas, bañado por la lánguida luz vespertina, el paisaje que se extendía por delante de mí: de este a oeste la cordillera de la Gran Piedra, la cuenca sur de Santiago, la ciudad misma, en la lejanía las cimas de la Sierra Maestra y, por último, aunque en primer plano, El Caney, separado de los barrios de San Vicente y El Cristo por las colinas que ser erguían al norte. El poblado se encontraba asentado sobre un valle fértil rodeado de montañas.

Como en todos los valles con las mencionadas características, las temperaturas solían variar considerablemente del día a la noche. En los meses de invierno las madrugadas eran frías y se podía sentir el frescor y la humedad que nos llegaban desde El Bonete. Incluso en verano todos los aguaceros o famosos nortes se los achacábamos a dicho lugar. Esa variación diurna y nocturna del clima es la causa del dulzor de las frutas que crecen en El Caney y en sus lomeríos, de la fertilidad de sus tierras. Pero dejaré las frutas para el final de este escrito. Mientras tanto háganse la boca agua hasta llegar a la parte dedicada a sus codiciados mangos…

Tenía una tía, Dolores, que me había cuidado desde muy niño, la quería muchísimo y siempre la oía decir en la casa: “¡cierren las puertas y las ventanas que esa agua viene del Bonete, y tengan cuidado con el viento!”. Les tenía pánico a los temblores de tierra y al frío. Era de una familia muy católica, que frecuentaba la Parroquia de San Luis del Caney aun en los tiempos en que practicar cualquier religión no era bien visto en Cuba.

Parque del Caney, principal espacio público de la localidad. Foto Michele Alessandro Montano Mugno
Parque del Caney, principal espacio público de la localidad. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Alrededor del Parque del Caney se encontraban construcciones coloniales y neocoloniales más o menos dignas, pues muchas habían sufrido los embates del tiempo, de los temblores y de los ciclones, por ejemplo, el huracán Sandy en 2012.

En los costados del parque se hallaban el Banco, la Casa de la Cultura –de estilo colonial y con un pequeño teatro dentro, donde otrora se organizaban animados espectáculos culturales que incluían danzas, obras de teatro, exposiciones de pintura, talleres literarios, etc.–, la escuela secundaria “Omar Girón” (otro mártir local del 26 de Julio), un terreno que había sido ocupado por la biblioteca –casona colonial con varias salas de lectura y un inmenso patio donde una tupida malanga de jardín se anillaba trepando alrededor de un inmenso árbol de mamoncillos–, la Oficina de Correos y la sede del INDER.

La biblioteca, a pesar de ser un lugar tan necesario y reclamado por la población de El Caney, se derrumbó hacia finales de los años 90 y luego de varias misivas enviadas a niveles superiores, nunca volvió a edificarse en el mismo lugar. Sueño mucho con ese lugar, me trae muy buenos recuerdos, allí crecí, aprendí a leer, a escribir y a contar cuando solo tenía cuatro años.

Tuve una tía materna, Ana María, que fue durante largos años directora del lugar, era una persona muy respetada y querida en el pueblo. Creo que murió anhelando ver la biblioteca reedificada en el mismo lugar, pero desgraciadamente pasó al más allá sin ver su sueño hecho realidad. Ahora la sede ha sido trasladada hacia otra calle del poblado, insignificante, desapercibida y carente de todo el simbolismo y la espiritualidad que permeaban la antigua casona que se erguía frente al parque.

Precisamente en un “caney”, situado en la calle que conduce al Viso, antes de cruzar el pequeño puente sobre el arroyo “La Alpargata”, se escuchó cantar años atrás a Elíades Ochoa, sí, el mismo que viste y calza cantaba con un grupo local que cultivaba el género de la Vieja Trova.

Muchas personas lo recuerdan cantando en el parque del pueblo y en la Casa de la Cultura junto a Milagritos, otra trovadora local que falleciera hace algunos años. Sin embargo, la figura que inmortalizaría El Caney a través de sus canciones, de sus versos, de sus estampas, sería la del archiconocido Félix B. Caignet, con su popular e imprescindible tema “Frutas del Caney”.

“Caney de Oriente, tierra de amores, cuna florida donde vivió el Siboney…” Ciertamente en las lomas del Caney se cultivaban los mangos más sabrosos que bocas humanas hayan jamás comido, o más bien, mordido.

Los había de bizcochuelo, de mamey, de corazón, de Toledo, filipinos y muchos más. Los de bizcochuelo eran los más apreciados por su textura, su masa y su sensación al paladar, si bien a la hora de fabricar las compotas o las mermeladas el toque final vendría dado por los de mamey y corazón, el ácido de este último actuaba prácticamente como conservante de las mixturas.

Se dice que en El Caney, Santiago de Cuba, se cultivan los mejores mangos de Cuba. Foto Michele Alessandro Montano Mugno
Se dice que en El Caney, Santiago de Cuba, se cultivan los mejores mangos de Cuba. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

En las cercanías crecían los mangos por doquier, pero era la zona de Zacatecas la más conocida y con el mejor clima para las frutas. Sus lomas, su frescor, sus arroyos le concedían al lugar la primacía sobre toda la región. Era también famosa por las piñas de Cuba, “dulces como almíbar”, al decir del compositor, por los mamoncillos, los anones y las guayabas. Nada, que era la “tierra donde la mano de Dios dejó su bendición”.

Los habitantes del poblado estaban orgullosos de su terruño, organizaban en el mes de junio el Festival de las Frutas, y muchos años antes el carnaval se celebraba en la segunda quincena de agosto, en conjunción con las fiestas del Patrono del Caney, San Luis Obispo, cuya imagen se encuentra dentro de la Iglesia Católica del lugar y que solía sacarse en procesión.

iglesia del caney santiago de cuba Foto Michele Alessandro Montano Mugno
Igleisa del Caney, Santiago de Cuba. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Cuentan que el General Calixto García, a finales del siglo 19, había rezado por la independencia de Cuba dentro de esta iglesia. Se practicaban muchas religiones en la zona, a saber, católica, bautista, testigos de Jehová, hasta afrocubanas, conservadas por la extensa comunidad de descendientes de franco-haitianos que todavía poblaban las lomas, incluso comarcas como La Pimienta, El Carmen y barrios como Ramón de las Yaguas.

No obstante, el día en que llegó al Caney una réplica de la Virgen de la Caridad del Cobre, llamada Virgen Viajera, pues antecedía en su recorrido por Cuba la visita del Papa Juan Pablo II a inicios de 1998, el parque se colmó por una multitud tan compacta que apenas se alcanzaba a ver por encima de las cabezas de los allí presentes. La gente acudía de todos los rincones aledaños para ofrecer flores a la Virgen, presentes, pagar promesas.

Aparte de las fiestas populares que se organizaban en el pueblo, en ocasiones especiales y durante los fines de semana, nunca antes había visto tantas personas aglomerarse en aquella plaza, amplia y simétrica, la cual había sido construida siguiendo seguramente las estrictas leyes de las Indias Occidentales.

Existía también cerca del parque un lugar conocido como el Fruti Caney, una emblemática casona colonial edificada y restructurada en siglos pasados, donde se expendían jugos, dulces de fruta en almíbar y helados. Cuentan que en sus albores el Fruti tuvo un cuadro donado por la famosa artista plástica cubana Amelia Peláez. Luego quedarían en sus paredes solo reproducciones de la conocida pintora, y en sus elaboradas rejas simulaciones de sus obras: piñas, mangos, mameyes o zapotes, guayabas…

Y como todo pueblo, El Caney no estaba exento de personajes típicos, como Bertha, conocida como Januaria, sobrenombre tomado de un personaje de una telenovela brasileña de los años 80, cuya gracia desbordaba en sus gestos y cánticos en rima, que con su doble sentido y su continuo pregonar alegraba las calles.

Bertha la pregonera, famoso personaje de Santiago de Cuba oriunda del Caney. Foto Michele Alessandro Montano Mugno
Bertha la pregonera, famoso personaje de Santiago de Cuba oriunda del Caney. Foto Michele Alessandro Montano Mugno

Era una negra gorda y pícara que gustaba de ataviarse con vestimentas que recordaban a sus antepasados africanos llegados a Cuba en otros siglos. Cargaba sobre su cabeza una canasta tejida típica de la época colonial, de aquellas que los negros transportaban mientras recorrían las calles vendiendo su mercancía y se paraban debajo de los ventanales de hierro forjado a coquetear con personas quizás más claras de piel.

Bertha parecía salida de un cuadro del pintor Víctor Patricio Landaluze, el mismo que según cuentan, en su intención de ridiculizar a los afrocubanos, terminó introduciendo por primera vez en la Isla el tema de los Negros en la pintura. Como dijera nuestro poeta nacional Nicolás Guillén en su célebre Balada de los Dos Abuelos, “tengo un abuelo blanco, tengo un abuelo negro, uno me grita, otro me dice, me muero…”

Nuestra nación es mestiza, quien lo niegue estaría tapando nuestro inmenso sol con un pequeñito dedo. Y en particular Santiago, que es “arpa de troncos vivos, flor de tabaco”, al decir de Federico García Lorca en su poema “Son de Negros de Cuba”.

Muy modestamente expresé lo que creía de esta Isla-Lagarto en uno de mis escritos anteriores, en una noche de inspiración: “Cuba quedó por siempre suspendida entre las Américas, cual galeón varado en el Mar Caribe que encallara en el angosto Estrecho de la Florida, vigilante sobre el Paso de los Vientos, moldeada sin cesar por vientos alisios, feroces huracanes, lluvias torrenciales del estío, por la brisa cálida del mes de marzo, y empujada por la constelación de la Cruz del Sur”.

El Caney, hoy y siempre, está suspendido entre las montañas, los valles, los mangares, las idas y retornos de sus hijos que se debaten en otros dilemas, contemporáneos, más actuales. Sin embargo, siento que se ha salvado, gracias a la solidaridad intrínseca de ellos mismos. Por lo menos así lo creo yo.

Aquí en El Caney, por ejemplo, estoy pasando la dichosa cuarentena, que de cuarentena no tiene nada, pues dura ya casi tres meses, y me he sentido rodeado de vecinos empáticos, tristes y alegres según las circunstancias, quienes con sus diversos matices me han hecho también reír, reflexionar sobre muchos aspectos de la vida, y recordar otras cosas. Aquí estoy yo contando una historia, un poblado, una época, tratando de superar la pandemia y salpicarla con algunas gotas del tiempo ya transcurrido. Quizás deba regresar muy pronto a La Habana, donde ahora vivo, pero antes quiero subir al Viso y, como el protagonista de la novela Papá Goriot le gritara a París, gritar yo también: ¡ya nos veremos las caras El Caney!

5 Comentarios

  1. Muy bueno el artículo . Menciona detalles e historias que no conocía. También cabe mencionar el pequeño punto de venta de libros que había o hay cerca del parque donde compré muy buenos libros que en las librerías De Santiago jamás vi.

  2. Magnifico, cuanto talento, que linda la expresión,cuanto verbo como yo suelo decir, mis felicitaciones a Michele Alessandro Montano Mugno, me hizo volar en el tiempo a través de su relato, destacar su alusión al tratado de Paris, algo que he estudiado y que explica el protectorado establecido en Cuba por los EUA por un tratado internacional de antaño, gracias por recordarnos toda la tradición que existió, los festivales, las fiestas Patronales, la mensión al escritor Felix B. Caignet por su composición en el 1929 del son que tituló Frutas del Caney, grabada y popularizada por el Trío Matamoros y que incorporará a su repertorio nuestra Rita Montaner, al final solo recordar al inmigrante y marino Jose Burgos a quien se le atribuye la existencia de su preciada fruta, “el mango de bizcochuelo” y mencionar la historia de la especialista en suelos norteamericana a la que se le atribuye el nombre cuando un día probó los mangos de Pepe y exclamó !Esto es un bizcocho!!! Te digo sinceramente Loo, con esa Tropa se puede llegar al cielo!!!!☘️❤️🙏

    • Gracias infinitas por tantos halagos, tantas palabras bellas por un escrito nacido a altas horas de la madrugada pero con mucho amor por mi pueblo.

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